mesa redonda na Fundación Alberti, Puerto de Santa María, marzo 2001: EDICIÓN ALTERNATIVA

 

 

estíbaliz espinosa río

 

 

Convidada fui a hablar de edición alternativa.

Curiosa palabra, alternativa. La alternativa se toma, se busca, se sintoniza, se escribe. Se edita. Palabra que a veces se ofusca. Alternativa es partícula inseparable de la siguiente expresión: ¿A qué? Alternativo a qué. Porque a veces se me olvida que lo sustancioso del asunto no es que yo sea o no alternativa. El nudo gordiano radica en saber a qué soy o no soy alternativa. Y, por supuesto, de qué manera lo vivo y lo habito. Claro que yo no soy alternativa a nada y no valgo como ejemplo.

 

La edición alternativa. Yo no sé mucho sobre editar. Presupongo, tal vez con la osadía feroz con que nos dota la ignorancia, que la edición normal es aquélla que sigue los cauces más o menos establecidos: uno escribe un libro, o se lo escriben o se lo encargan, el detalle es lo de menos, y una empresa creada al efecto gestiona y financia labores de impresión, publicación, presentación, distribución, márketing, reembolso, porcentuación (si es que ello existe), redistribución, catalogación, felicitación, maldición y más cosas que, repito, presupongo o invento. Viene a ser lo mismo. Y con esta presuposición a la que me aferro como al clavo en la tormenta deduzco, con la osadía febril que proporciona el desconocimiento, que la edición alternativa será toda aquélla que no siga este proceso.

 

Mi osadía es veraz. Pero voy a aclarar de lo que hablaré, entre otras cosas para evitar que, tragando bostezos, decidan tomar otra alternativa, como irse a por un café. Que sería una alternativa a esta ponencia sobre lo alternativo. En fin, dando por hecho que la poesía, mimada como está por libreros, lectores y poetas, ha de acudir en bastantes ocasiones a la alteración y a “lo otro”, me centraré en tres aspectos de esas alternativas de edición: en primer lugar, la autoedición, la más drástica y libre; en segundo lugar, la edición en revistas, o cómo ir dosificándose colectivamente; y por último, las editoriales milagrosas y delicadas como hongos de gnomo, que surgen para publicar  con su varita, despreciar el vil metal y perderse ¡plop! en el fondo de un átomo.

Me encantaría poder hablar del libro electrónico, o de internet, la otra gran maraña  en donde hay tantísimas publicaciones ¿alternativas? provisionalmente pero he supuesto que alguien sacaría el tema y me lo he metido en el bolsillo.

 

Así que hablemos de la autoedición: ese acto de placer con uno mismo y que puede parir hijos tan cuidados. En Galicia ha sido habitual a lo largo de los 90, que algunos autores jóvenes se autoeditasen: es el caso de Rafa Villar, un poeta hoy justamente reconocido, que edita por su cuenta o devalo do mar, en el año 94; Lupe Gómez, una lupa sobre lo feo, que recita como quien piedras y que da a luz su Pornografía en el año 95; antes habían probado el gusto de esa suerte poetas de la talla de Chus Pato ( edita en el 91 el poemario Urania) o Celso Fernández Sanmartín, que probó y repitió: en el 91 autoeditó Divagacións iú, en el 94 o tigre das cenorias y al año siguiente sen título. El colectivo Hedral y su colectiva 7 poetas. Fran Alonso, poeta que hoy dirige la colección Ablativo Absoluto, de la editorial Xerais, contempló la posibilidad de autoeditarse y así lo hizo en el año 92, abriendo sus Persianas, pedramol e outros nervios.

 

Autoeditarse es publicar un espejo. Toda poesía lo es, sin duda, y como tal debe empuñarse. Los espejos no son inútiles ni fuente de vanidad tan sólo. O por qué no. Con espejos y sol venció Arquímedes la escuadra de Marcelo. Autoeditarse es una decisión arriesgada, una decisión absurda y, como todo lo absurdo, feroz, ingenuamente crítico. Presupone que los cauces están tupidos. Tal vez que, como se dice neutralmente, “no estaba listo para publicar” o “el mercado no lo acogería”. Mentiras acumuladas. Si se ha llegado a una era en la que se edita TODO, ¿cómo pueden parase a escoger? ¿Cómo creer semejante impostura? Cualquiera edita. La autoedición es un acto de dignificación del hecho de poder o no poder editar. “Me edito porque me doy  la gana.” No es posible, en un mundo en el que la basura con rayas es publicable, no es creíble que exista algún tipo de discriminación. Sé que puedo estar removiendo conciencias. Pero piénsenlo. Por encima de los criterios editoriales de las grandes firmas hay un cretinismo que se rebaja, se mueve, se nota y traspasa. Las autoediciones pueden llegar a formar corales en torno a este océano contaminado. Son cuidadas, salen cuando su autor así lo desea: están capacitadas para  incluir dibujos, manuscritos, papeles pintados, notas al pie, gomas del pelo, borrones… Viven en sus conchas gélidas esperando abrirse. Y algunas van de mano en mano o de voz en voz como un tam-tam que no se repite -pues no son habituales, que yo sepa, segundas ediciones de autor.

 

Todo esto que acaban de escuchar se asienta sobre otra presuposición más antigua: la de que la poesía existe para ser publicada, para ser leída. Quien opine lo contrario, podría olvidar todo cuanto aquí se ha dicho. Hay poesías que viven dentro de cangrejos ermitaños.

 

Editar en revistas es, en innumerables ocasiones, dar un primer paso. Romper el hielo con pequeños poemas, poner un diminuto pie muerto de frío y con pseudónimo. Siempre hay revistas. Desde las que, con más ilusión que medios, se fotocopian y entregan en mano ( como “A Caramuxa”, una iniciativa de un colectivo de Noia, en A Coruña o esos fanzines universitarios con dedos de tinta, “El vómito de las ninfas”, por ejemplo), hasta las más sofisticadas envueltas en terciopelo y con aire de ir a calentarnos los pies (“Valdeleite”). Siempre hay revistas y gente que escribe, se retuerce, debuta, se imprime, prueba y se mide en ellas: volviendo a mi referente más cercano, Galicia, podemos citar a las veteranas, como “ Festa da palabra silenciada”, en clara alusión a la palabra salida de mujer, a “Nordés”, “Dorna”, “Clave Orión”, “Ólisbos”… hasta otras nuevas que están cristalizando como la miel de buena especie: “Tempos novos”, “Sopirrait” o “Unión Libre”, ésta última una curiosa mezcla entre revista y libro monográfico de temas afines a la literatura pero muy diversos. Siempre hay revistas, mercuriales como termómetros. Dando salida a sus placentas.

Arruinándose. Subvencionándose. Camuflándose. Reciclándose en sabediosqué hasta que un día se nos deshojan.

 

Pero el trabajo editorial también puede plantearse como una especie de asociación lícita o unión libre de gentes que apoyan una literatura y no viven de ello, sino que tratan de sacar adelante un proyecto colectivo, a modo de cooperativa de letras. Es el caso de Letras de Cal, la editorial del gato lector, la cual nació a fines de los 90 financiada a fondo perdido por 18 chicos y chicas gallegos, poetas, que crearon un proyecto, hasta la fecha, singular: publicar sólo a autores noveles y, normalmente, jóvenes. Las ediciones, a 500 pesetas, están muy cuidadas, en formato pequeño, con ilustración en la portada y una distribución por recitales, de mano en mano o en algunas librerías gallegas, así como varias  presentaciones por ciudades y pueblos para lanzar las novedades.  Han editado dos antologías en libro grande: una de poetas gallegos que publicasen en los 90 y otra de poesía vasca, en bilingüe. La editorial Letras de Cal está preparando su página WEB con una revista. Hay alguien por ahí que tira y tira de este proyecto, con varios años ya y consolidándose. Cal para pintar los muros pintados, cal para la caligrafía y el calidoscopio.

Hace unos años, estaban a la venta unas carpetas con poemas: eran las Edicións do Dragón, dragón que, después de publicar a grandes valores de la poesía gallega actual que por entonces se estrenaban, debe de haber vuelto a las lejanas pagodas chinas a oír su propio eco.

Y para terminar, y tal vez por ello a la retaguardia, esbozar el último proyecto electrónico en la poesía galega: Retagarda, una idea de Rafa Villar y Estevo Creus, poetas del Batallón Literario da Costa da Morte, que consiste en editar libros en disquette como soporte único, aprovechando las posibilidades líricas y expresivas de la pantalla.

 

Con esa retaguardia aún caliente, haciéndose, prometiéndose, separo la vista del papel y vuelvo a mi estado normal y no alternativo. Pienso que, por suerte, siempre habrá muchas maneras para hacerse con un trozo de papel y domarlo. A nuestro antojo. A nuestro cincel. A nuestro insulto o palabra larva. A machetazos y fraternalmente. En casas editoriales pequeñas como un pulgar levantado. En revistas que resisten el paso de las hojas. En dunas con número de registro.

 

A veces esas alternativas a la edición son las más sanas. Y las que, paradójicamente, acaban venciendo al tiempo con su honda demostrativa, fiera, por encima de cosas, grandes números y sillones. Intuyendo.

 

Sin saber venderse. En definitiva.

 

 

 

marzo 2001